La Cascada Multnomah y el Monte Santa Helena (Viaje por el Noroeste de los Estados Unidos XVI)

Multnomah Falls es la atracción natural más visitada del noroeste de Estados Unidos y la cascada más alta del estado de Oregón.
Para llegar hasta allí tomamos la interestatal 84 dirección Portland. Esta autopista va siguiendo el curso del río Columbia, que hace de frontera entre Washington y Oregón, y ofrece unas buenas vistas del río, las montañas y los acantilados. La salida 31 nos lleva directamente al aparcamiento gratuito que sirve de punto de partida para visitar la cascada.
Allí se encuentra también un edificio de 1925 que forma parte del registro nacional de lugares históricos de EEUU y que hace las veces de hotel, restaurante y tienda de regalos.

La cascada Multnomah está formada por dos saltos de agua; el primero de 165 m de altura cae en una pequeña poza que continua con otro salto de 21 m.
El puente Benson se alcanza tras una pequeña ascensión de 400 m y permite cruzar el río más o menos a la altura en que ambos saltos de agua se encuentran. Este puente se construyó en 1914 y suele ser la zona más concurrida de gente. En 1995 un trozo de roca del tamaño de un autobús se desprendió cayendo desde la zona alta e hiriendo a 20 personas.
Una vez se ha cruzado el puente comienza un sendero de 1,6 km que conduce hasta la cima de la cascada. Casi todo el camino está asfaltado con lo cual no es difícil, pero su elevada pendiente lo hace bastante cansado. 
Cuando nosotros lo hicimos estaba lloviznando y algunos tramos estaban algo resbaladizos pero, salvo por la fuerte subida, es un camino sencillo.
Durante gran parte del trayecto se pierde de vista la cascada, pero el paisaje sigue siendo hermoso ya que discurre en un frondoso bosque.

Para saber cuanto queda hasta llegar a la cumbre hay que fijarse en unas marcas que aparecen de vez en cuando en el suelo y que indican cuantos tramos llevas de los 11 en los que han dividido el total.
Aproximadamente hasta el noveno tramo (9/11) el camino asciende y los dos últimos desciende ligeramente hasta situarse en la zona donde comienza la caída del río por el acantilado.

Allí hay un balcón desde el que se tienen unas fantásticas vistas del río Columbia. 
También podéis ver en la foto el estacionamiento donde se deja el coche.
Nuestro siguiente destino a 210 km es el Johston Ridge Observatory Point, ya de nuevo en el estado de Washington donde comenzó nuestro viaje. Este sitio, situado a 1327 m de altura, es el mejor lugar desde el que observar Mount St. Helens.

Al menos cuando se puede, porque esto que veis aquí es la foto de un cartel. Nosotros debido a una espesa niebla no pudimos ver nada, y eso que tuvimos la paciencia de esperar tres horas para ver si despejaba.
Al fondo debería verse el Monte Santa Helena
Mientras tanto recorrimos a fondo el centro de visitantes, que es muy interesante.
El Monte Santa Helena es un volcán activo cuya última erupción se produjo en mayo de 1980. A ella precedieron semanas de terremotos que fueron debilitando el terreno y finalmente quebraron la cara norte del cono. Todo ese material de roca, sumado al deshielo de varios glaciares por el aumento de la temperatura, provocó una avalancha que arrasó cientos de kilómetros cuadrados. Al mismo tiempo se produjeron dos explosiones de gran tamaño; en menos de 10 minutos la nube de gases ardientes alcanzó los 19 km de altura. 57 personas murieron, los bosques de alrededor y toda su fauna quedó destruida y lagos enteros se desbordaron al llenarse de rocas, cenizas y troncos,  poniendo en peligro las poblaciones a orillas de los ríos a decenas de kilómetros.

Una de las cosas más curiosas que aprendimos en el museo del centro de visitantes es que solo 30 años después de aquel catastrófico evento la vida en la zona no solo se había recuperado sino que era mucho más abundante que antes de la erupción. Nuevas especies de animales y plantas habían repoblado el lugar de forma natural.

La manera más amena de descubrir todo esto es visionar los dos documentales que ponen, en pases periódicos, en una sala con pantalla grande. Y con sorpresa final 😉
Por un momento la niebla nos dio falsas esperanzas y empezó a diluirse a los pies del monte, lo que nos permitió ver el valle. Pero el volcán no quedó expuesto en ningún momento.
Aún así la visita mereció la pena por lo mucho que pudimos aprender sobre este episodio de la historia reciente del planeta.

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